Esta es la historia de dos excursionistas. Bueno, en realidad es la historia de una procesión de caracoles. O quizás sea la historia de una tormenta inesperada, de un diluvio que recuerda un poco al diluvio universal y que hace de la naturaleza algo que temer. También es la historia de un sendero, de un guía que canta por el walkie-talkie, y de un día raro, como el domingo.
En El fin de las cosas, pensamos sobre lo que ocurre cuando no ocurre nada. Nos ponemos frente a frente ante una crisis de juventud, lo cual siempre es una contradicción. Se supone que no es el momento para tener miedo, pero quizás eso de ser jóvenes es una idea más que una realidad. Así que, mientras tanto, vayamos a la montaña, caminemos lejos, muy lejos, dejémonos empapar por el agua, y perdámonos. Después, quizás, vendrá algo nuevo.